Erick Saucedo crea desde las ruinas de un mundo que aún no termina de desaparecer. Su obra —a medio camino entre el dibujo especulativo y la pintura— conjuga el rigor técnico con la pulsión intuitiva que se despliega como un archivo de sobrevivencia, un registro del paisaje emocional y físico de una era que podría ser la nuestra, o una apenas por venir.
Proyecta un universo apocalíptico, caótico y fantástico donde todo ha colapsado, pero algo sigue latiendo. Allí, en medio del derrumbe, los personajes no solo sobreviven, conviven. Sus gestos, sus juegos, sus silencios revelan dinámicas complejas con el entorno, donde lo absurdo, lo mágico y lo profundamente humano coexisten en equilibrio frágil.
Niños que crecen sin saber que algo anda mal —acostumbrados a los escombros como si fueran parques de juegos— deambulan entre estructuras rotas, planos de ciudad corroídos y símbolos que parecen susurrar rituales perdidos. Para ellos, no hay nostalgia. Solo presente. La infancia, en su resistencia, se vuelve eje emocional y poético de estas escenas devastadas.
La fauna también habita este universo: cucarachas, gatos, presencias inquietantes o seductoras que emergen entre las grietas como testigos silenciosos. A veces resultan confrontantes, a veces tiernos. Pero siempre están ahí, parte del nuevo orden, parte de este ecosistema nacido del colapso.
Algunas piezas son monocromáticas, erosionadas por el tiempo. Otras vibran con colores nacidos de la tierra. En todas, hay una constante: la luz. No como efecto externo, sino como algo que emana desde adentro —de los personajes, de la atmósfera, de la pintura misma.
Cada obra es una metáfora suspendida, una escena que podría ser parte de un diario secreto. “Crónicas del segundo sol”, nos invita a entrar en este paisaje visual y emocional, donde el arte no documenta un futuro posible, sino la capacidad de la humanidad —y sobre todo de la niñez— de hacer del caos un hogar, y del arte, una forma de seguir.