La obra de Alfredo Cota no busca describir: contiene. Se construye desde la forma y el gesto como un territorio donde la energía no termina de fijarse, donde cada escultura permanece en tensión, en un punto intermedio entre lo que es y lo que está por convertirse.
Sus figuras no representan animales, son presencias. Cuerpos que concentran memoria, impulso, estados internos. Hay en ellas una intensidad contenida, como si algo estuviera a punto de desplazarse, pero decide quedarse.
En este contexto, lo animal funciona como un código: un bestiario personal donde cada figura traduce experiencias, lugares y procesos que no se nombran, pero se imponen. El color, cuando aparece, no suaviza ni decora, simplemente acompaña. Porque aquí la forma no se corrige. No se domestica.
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