La obra de Rodrigo Garagarza parte de una idea esencial: todo surge desde un punto de origen. Cada escultura se construye a partir de un centro que no solo organiza la forma, sino que la activa, permitiendo que se expanda en múltiples direcciones.
A partir de ese núcleo, las piezas se despliegan como sistemas en equilibrio. Módulos que se repiten, se curvan y se intersectan generan estructuras que parecen crecer orgánicamente, oscilando entre lo geométrico y lo vivo. La referencia a la matatenas no es literal, sino estructural: una lógica de tensión y balance donde cada elemento depende del otro.
El color y la superposición de planos intensifican esta experiencia. Las superficies reflejan, absorben y transforman la luz, haciendo que la obra cambie según el ángulo desde el que se observa. Nada es fijo: todo está en constante relación.
Más que objetos aislados, estas esculturas revelan un principio continuo: la forma como extensión de un centro que se repite, se transforma y permanece.