En la obra de Javier Andrés hay una sensación constante de déjà vu. Las imágenes parecen familiares, pero nunca se presentan de la misma manera. Lo que vemos no es una primera vez, sino una repetición transformada: recuerdos, referencias y códigos visuales que regresan alterados por la experiencia.
El lenguaje pop funciona aquí como punto de partida, no como destino. Lejos de limitarse a la apropiación estética, el artista utiliza estos elementos para evidenciar cómo se construye la memoria contemporánea: a partir de fragmentos, de imágenes consumidas, de momentos que se acumulan hasta perder su origen.
“Not My First Time” no habla de repetición como redundancia, sino como proceso. Cada obra es una variación de algo que ya ocurrió —una emoción, una imagen, un gesto— pero que al reaparecer se reconfigura. En ese desplazamiento, la identidad deja de ser fija y se convierte en algo que se reconstruye constantemente.
Las figuras, intervenidas o parcialmente ocultas, no niegan su presencia; la desplazan. Nos obligan a mirar más allá de lo evidente, a cuestionar qué parte de lo que vemos pertenece a la imagen y cuál es proyección propia. En ese cruce, la obra se activa.
Más que documentar una época, Javier Andrés trabaja desde la conciencia de haberla vivido. Sus pinturas no son registros objetivos, sino interpretaciones atravesadas por lo personal, lo emocional y lo visualmente aprendido.
Porque al final, nada de esto ocurre por primera vez.
Pero tampoco vuelve a ocurrir igual.